Narrativa y lírica local

NUNCA ESTUVE

Empecé a escribir cuando advertí que me volvía transparente. Nadie me veía, pasaban de mí. Mi madre, que solía ser muy discreta con su llanto, comenzó a hacer ostensible su dolor, como si yo no estuviera allí. Respirar ya no bastaba. La escritura me permitía retener mi sombra, hacerme sentir que tenía control absoluto sobre un mundo personal que nadie me podría arrebatar. Escribir se convirtió en mi forma de respirar. Quizá por eso nunca dejé de hacerlo pese a la férrea oposición que me encontraba en todas partes. Si no fuese por el constante golpeteo de las teclas, o el rasgar insidioso de la pluma sobre el papel, nadie se hubiera percatado de que yo estaba allí. Esos sonidos que brotaban de mi cuerpo llegaron a convertirme en un incordio, como esos espectros que nadie ve pero se hacen sentir arrastrando objetos o apagando aparatos domésticos.

Cuando aquellos ruidos aparecieron impresos, se me ocurre, como en esos aparatos que registran la actividad cerebral, y cobraron vida ante mis ojos y los de los demás, me volví más incómoda todavía. Mi repentina visibilidad no resultó grata. Pasé de espectro a poltergeist. Se me veía caminar, correr, bailar. Incluso escucharon mi risa, y eso no estaba bien. Pero la visión más intolerable que tenían de mí era la del acto de escribir. Resultaba harto perturbadora la idea de que aquello que brotaba de mi oscilante muñeca se convertiría en algo tan físico y orgánico como un libro. ¿Quién diablos se cree esa criatura para asestarnos en la cara su existencia? Ella debería limitarse a sentarse en un rincón y escuchar, su exhibicionismo es una burla, una anomalía, una gracejada. Que se regrese de donde vino. Y empezó el proceso gradual de borramiento. Me arrojaron de todo, desde una sábana hasta agua bendita. Incluso taladraron el lugar donde solía sentarme con una libreta universitaria entre las piernas. Pero el agujero de mi pecho no impidió que continuara manifestándome a través de letras impresas. El dolor era demasiado, pero, irónicamente, el único bálsamo era ESO que no querían que hiciera.

Cuando advirtieron que todos los golpes del mundo no bastarían, optaron por ignorarme, por aparentar que no me veían, que yo no estaba realmente ahí. Me borraron de todos los registros. Si alguien los alertaba sobre mi presencia, ellos decían: ¿de qué estás hablando?, aquí no hubo NADIE escribiendo en libretas universitarias…y si lo estás viendo es una alucinación. Esos libros, si es que existen, se escribieron solos. Aquí lo único que pasó, si es que pasó, fue un espíritu chocarrero que recorría los pasillos y hacía ruidos extraños. Como si escribiera. Como si riera. Como si bailara.

Como si fuera una muchacha.

Evelina Gil

1 comentario en “NUNCA ESTUVE”

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